A veces no hace falta acudir a competiciones de élite, para disfrutar del espectáculo. Algo parecido me ocurrió este fin de semana. La Asociación Atlética Avilesina, con la organización del XLV Mi Primer Cross, volvió a demostrar una vez más cual es la verdadera esencia del atletismo.
En las pistas del Complejo Deportivo Avilés, se dieron cita cientos de niños acompañados de sus respectivos padres para disfrutar de una buena mañana de atletismo. Reconozco que por perezoso me perdí las dos primeras mangas. Pero aún así, pude disfrutar del resto de carreras.
No voy a hablar de los que ganaron, sino de dos momentos únicos e irrepetibles. El primero de ellos ocurrió cuando un crio que no levantaba dos palmos del suelo recorría los últimos 100 metros. En ese momento, un compañero de carrera lo daba todo por adelantarse. Entonces, el primero miraba hacía atrás y cambiaba de ritmo en un sprint endiablado. La grada se ponía en pié y aplaudía a los dos chavales que entraban en meta casi al mismo tiempo. Igual que dos profesionales.
Idéntico aplauso recibió el último corredor de la última manga. Cuando el primer cadete se ponía ya el chandal para recibir su merecido premio, el último corredor recorría sus últimos 200 metros. De nuevo, la grada en pié y aplausos generalizados. Entonces, el último corredor esprintó como si fuera el ganador de la prueba. Ante tal declaración de principios, la grada se rindió ante el último corredor. Eso es atletismo. El resto, otra cosa
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